• Gustavo Yarroch

"Con la gambeta hasta en la Luna", un cuento en homenaje al Trinche Carlovich

El periodista Sebastián Srur escribió un texto en 2002 y fue invitado por el club Central Córdoba de Rosario a una cena en la que leyó el texto que le dedicó al crack que eligió el romanticismo antes que los rigores del fútbol profesional.


La vida me sorprendió de una manera increíble ese año 2002. Escribí un libro de cuentos de fútbol llamado "Pétalos de seda" y al mes entré a trabajar a radio Continental. En ese libro tuve le osadía de hacerle un homenaje en vida a alguien que jamás vi jugar pero su leyenda lo ameritaba.

"Con la gambeta hasta en la Luna" fue leído en el programa "Todo con afecto" de Alejandro Apo y fue una conmoción. Quedé absorto cuando me llamaron del club Central Córdoba para invitarme a Rosario a una cena homenaje al Trinche.

El sueño jamás imaginado se cristalizó en una cena para 500 personas y varios grupos de música cantándole al propio Trinche, que estaba en la primera fila. 

El momento cumbre fue cuando leímos el tramo final del cuento con Carlovich y él terminó llorando de emoción. Inolvidable. Todo lo que se recaudó y la venta de 400 libros esa noche, todo fue para el querido Trinche.

Que Dios te tenga en la gloria, crack eterno. 


SEBA SRUR


EL CUENTO

 CON LA GAMBETA HASTA EN LA LUNA

Las agujas indicaban que la siesta reparadora había expirado. Las tres y veinte de aquella tarde diáfana de octubre en Rosario lo situaba en el súmmum de lo que alguna vez fue un delirio. Desplegó los bostezos pertinentes, alejó las lagañas y, cuando el distinguido traje se posó en su cuerpo, se entregó al silencio de la habitación. Era el instante de pararse ante la antológica sensación, condimentada con una fuerte carga de azar. Un escalofrío gobernó a Quico Alabar, el encargado de laurear el titánico emprendimiento conjunto que venían realizando con sus amigos del barrio. 

Por fin las alabanzas habían sido correspondidas desde algún recoveco celestial, pero las fábulas que se camaleonizan para abandonar su condición, merecen un seguimiento. A veces rebobinar conviene. Para desmenuzar cada escala, cada pensamiento esparcido al pasar. Se meneaba viboreante el verano en Gesell. La distensión había empapado al grupete de treintañeros. A saber: Manuel Carmani, Ariel Samudio, Juan Miliani y el mencionado Quico Alabar disfrutaban de un descanso tras un ajetreado año de tensiones. Propusieron juntar a las familias para hacer más ameno el pasar. Dícese respectivas esposas con los críos. A todos los magnetiza el fútbol, cada uno profesaba su amor por distintos clubes. “Calesita” Camani (cualquier semejanza con Latorrre es pura coincidencia) es enfermo de San Lorenzo; “El Pastor” Samudio (dos gotas de agua con el ídem Gimenez), devoto de Estudiantes de La Plata; “Naranjita” Miliani hincha vicioso de Boca; y “Quico” (por obvia referencia al personaje del Chavo) moría por Central Córdoba, la institución rosarina por la que peregrinaba cada sábado a donde jugase. 

Con el arribo de las gaviotas a la arena, los muchachos expusieron su locuacidad y pasión por el deporte más popular del mundo. Las olas trajeron la nostalgia por los talentosos que supimos concebir. Primero volvieron los apellidos representativos de cada entidad. Se emocionaron con la magia del Heber Mastrángelo de la Ribera; con la interminable calidad delndem Trobbiani-Russo, con la prestancia del Tata Brown en el conjunto de la ciudad de las diagonales campeón en 1982; con la destreza del Gordo Rinaldi y Husillos en la resurrección popular del Ciclón de Boedo en su vuelta a Primera División. 

A esta altura, ya adornaban la escena todo el mate habido y por haber y decenas de sanguchitos. Entonces, casi por inercia, se desencadenó una acalorada y sana discusión acerca de quién era más virtuoso, elegante y pulcro con la pelota. Los cuatros se jactaban de asistir de pibes a los tablones. Eso les otorgaba la credencial de exhaustivos opinólogos. Además, los avalaba el hecho de concurrir a la cancha de la mano del viejo a empacharse de fútbol en aquellas desvencijadas jornadas de los exquisitos setenta y glamorosos ochenta. Mas de tanta verborragia exhibida, se cometió una osadía imperdonable. Omitieron el detalle trascendente de dejar para el final la palabra de Quico Alabar. El fana de los colores de Central Córdoba, el que de su machucada Spika se retuerce de melancolía por las reminiscencias de su juventud. 

Desde sus sabios 165 centímetros arremetió como un tifón embravecido. Y sacó del rincón de los recuerdos a un habilidoso que dictaba cátedra en la universidad del potrero. Más exactamente en la materia desparpajo: “Lo apodaron el Maradona fantasma. De nombre Tomás Felipe, su apellido Carlovich. Rosarino de nacimiento, y de origen Yugoslavo por su padre. Hoy debe andar por los cincuenta y pico de años. Brilló en mi querido Central Córdoba. Lo acompañó la desgracia porque nunca descolló en Primera División. Solo participó en cuatro encuentros. Colgó los botines en 1983 a sus 34 abriles. Fue el más grande de todos, jugaba de volante central. Tiraba caños y sombreros dobles. No hay otro exponente de su envergadura. Cualquier rosarino puede dar veracidad de lo que afirmo. Era el virtuosismo en estado puro”, sostuvo Quico. Sin embargo, la dicha que se iluminaba desde sus entrañas fue estrangulada por las risotadas previsibles de los muchachos. Ahí saltó de nuevo, obstinado, Alabar. 

Entonces se hizo paso entre la maleza y desafió a todos los que lo desacreditaban a acompañarlo “Voy a hacer algunos llamaditos. Total, todos están de vacaciones en la costa. Voy a taparles la boca. Después ustedes me van a tirar papelitos por la 9 de Julio. Acuerdenseeeeee”, lanzó amenazante. Un locutorio al pie del balneario contempló a cuatro grandulones apretujados en una cabina. Cualquier esfuerzo valía para corroborar lo esgrimido por el oriundo de la ciudad de la bandera. 

El primer citado no se hallaba en ningún lugar en donde hubiese mar y relax. Ya se mofaban otra vez Carmani, Samudio y Miliani: “Sos pura sanata, Quico. Nosotros te queremos, no es necesario que pongas tanta energía en algo así. Dale, vamos al agua que el aire echa fuego”, rogaron sus compinches. Pero en el momento en que la comunicación tenía por destino final Ezeiza comenzaron a transpirar. El trío de cifras, el 480, le dio la pauta de que ya no se trataba de una broma. Seguro que este hombre se exigía en denodados intentos por conservar una actitud responsable en su tarea, imaginarían. 

Del otro lado del tubo sonaba una voz tenue, calma, muy sensata. José Pekerman daba fe de la clase de Carlovich. Incluso los cuatro posaron sus orejas en el teléfono para oír al técnico tricampeón mundial en juveniles: “En mi selección ideal de todos los tiempos va de titular con su camiseta número 5. Cuando yo jugaba tuve la suerte de deleitarme con sus lujos. Es el más maravilloso jugador que vi”, señaló uno de los cultores más acérrimos del buen trato de pelota. La estaca inicial desangraba a Manuel, Ariel y Juan.

No conforme con una sola campana, Quico persistió en su causa. Esta vez se acercó en la distancia, pero mantuvo el status del personaje. Resultó que en Pinamar pasaba sus vacaciones uno de los maestros más respetados del futbol local, Carlos Timoteo Griguol, cuyo punto de vista incrementó la imagen de Carlovich hasta la estratosfera: “Lo vi hacer cosas sobrenaturales. Yo estaba en la Primera de Central y él, en la Tercera. Al enfrentarlo, el tipo desaparecía por cualquier lado llevando el balón en sus botines”.

¿Qué más hacía falta para conformar a Calesita, El Pastor y Naranjita?. Con el ego en el Obelisco, Alabar aprovechó para citar una anécdota, ya del otro lado de la cabina telefónica. “Tenía 6 años y papá me invitó a ver un partido entre la Selección que se preparaba para el mundial de Alemania, y el combinado de Rosario. Si la memoria no me traiciona, el miércoles 17 de abril de 1974, solo un jugador del combinado no formaba parte de la Lepra ni de los Canallas. Si, el Trinche Carlovich, de mi glorioso Central Córdoba era el extraño. Con su chuequera y su fantasía destrozó a la mismísima Selección. El solo. Hasta opacó a otro 'mostro' como Brindisi ese día”, relato híper entusiasmado Quico. Entre sorbo y sorbo de mate, el petiso finalizó contando que el encuentro se lo llevó de punta a punta el rejunte rosarino por 3 a 1 con una actuación fenomenal de Carlovich. 

A partir de esa charla, sumada a la certeza de que Carlovich era efectivamente un crack, se estipuló una meta a conquistar. Pero transcurrieron algunos meses hasta que tomaron la senda. Se les ocurrió planificar un cotejo de fútbol 5. Se les hacía arduo compatibilizar los horarios para reunirse. Por lo tanto, si concretaban su propósito era mejor hacerlo con innovaciones, con ideas fuera del libreto original. 

En efecto, se trataba de divertirse entre amigos de una manera diferente. Entonces, una noche se juntaron a cenar los cuatro en una fonda de Palermo. Manuel Carmani y Ariel Samudio llegaron con puntualidad inglesa, Juan Miliani se demoró 20 minutos. No obstante, su rostro alojaba una sonrisa más ancha que el océano atlántico: venía de la Bombonera de sacar el abono anual. ¿Quién podía ser el más descolgado? El entrañable Quico traspasó la puerta del restaurante a paso ligero y atolondrado. Traía entre manos algo grande, suculento. Antes de esbozar palabra, disfrutó de una buena copa de vino tinto. 

Ya con el ánimo paleado, les ofreció la frutilla del postre a sus hermanos de la vida. Se frotó las manos y su boca expulsó su discurso: “Me quedé tildado con lo que hablamos el verano pasado. ¡Cómo los callé! Les cuento que vamos a concretar nuestro tan anhelado partido de fútbol 5. Pero vamos a convocar al Maradona fantasma para que sea la estrella del equipo”, comentó exultante Quico. Sin embargo, eso no era todo: cerró su contundente disertación designando como sede del partido a: ¡La luna! “¿Cómo la Luna?”, gritaron incrédulos Carmani, Samudio y Miliani. Ahí nació la segunda parte de la explicación. 

Alabar contó que la señora de la vigilia era ideal para resguardar la magia de Tomás Carlovich. En la Tierra no se había valorado la categoría del Trinche, ni su carrera futbolística le había deparado el premio que sus gambetas merecían. Además, recordó que en la Luna hacía unos años funcionaba la estación espacial Grospyg. De modo que se garantizaba que hubiese oxigeno y gravedad. Más allá de que el proyecto tuviera rasgos de afiebrado, todos coincidieron en que el desafío derramaba ecuanimidad. Además se sumó el entusiasmo por conocer a Carlovich e indagar en sus experiencias en los torneos de juego. Un brindis alegre coronó la adorable escena. No había mas que poner manos a la obra.

El primer escalón del sueño trasladó al cuarteto a las plazas para devolverle el ritmo físico adecuado. Con toda la furia se entrenaron un par de meses, ya que los respectivos trabajos les absorbía la totalidad del día. El siguiente peldaño dependía únicamente de Alabar. Nada más ni nada menos tenía que tentar al hombre de cabello ensortijado que con divina maestría, le había arrancado muecas de regocijo en su infancia. Entonces, Quico se asesoró con un gentil periodista deportivo del diario de más tirada en el país, Carlos Locerti. El estupor del redactor por la ocurrencia genial de los muchachos originó una columna invocando la presencia del ex Central Córdoba a este cotejo de fútbol 5. Como un relámpago furibundo el artículo de Locerti sacudió a los argentinos. Las repercusiones aceleraron lo determinado. A través del corresponsal en Rosario se hizo simple arribar al paradero de Carlovich. 

En el umbral de la primavera, Quico marcó los dígitos correspondientes y ubicó al personaje.  “¿Tengo el gusto de hablar con Tomás Carlovich?”, inquirió reservándose las lágrimas para más adelante. Cuando asintió esa voz tímida, el petiso casi se desmoronó. Ya sereno, alcanzó a explicarle de manera sintética los pormenores que habían orquestado. El Trinche escuchó atento. Posteriormente, invadido de una fuerte conmoción, lo invitó a Alabar a Rosario, el 3 de octubre para explayarse en la propuesta. Con una sobresaltada euforia, ese adulto se volvió pibe de nuevo. No cabía en si mismo. Su ídolo compartiría una cancha con él. 

El siguiente paso consistía en montar un revuelo notable: conseguir un cohete que los depositara en la Luna. Algo que jamás ningún habitante del mundo había logrado. Por eso dividieron tareas. Manuel Carmani haría migas con la prensa de San Lorenzo, su club; Ariel Samudio movilizaría toda La Plata, no solo a los de Estudiantes, sino también a los innombrables (así los designaba a los de Gimnasia). La ciudad de las diagonales debía quedar arrodillada a sus pies. Juan Miliani corría con la tarea de persuadir a los "xeneizes" y el diablillo de Alabar debía promocionar el homenaje al ídolo santafesino con carteles en la vía pública. 

Pese a las impiedades, el pasaje por el escepticismo fue breve ya que la suerte estuvo con ellos. Mientras llegó el momento de Quico, el ya pactado 3 de octubre partió bien tempranito hacia Rosario desde la terminal de Retiro, pisó su cuna natal cuando el sol caía apacible. El petiso se arremangó, sudaba de los nervios. El barrio 11 de Septiembre, en el Oeste rosarino, lucía como la última vez que lo había visitado. Con perros vagabundos que perseguían coches, casas pequeñas regadas de potreritos. Le temblaban las manos y las piernas a Quico cuando se dispuso tocar la amplia puerta. Nunca hizo falta “¡Pero qué alegría! Venga, adéntrese maestro. Veo que su propuesta pegó. Hasta el intendente me llamó para que juegue con ustedes”, dijo radiante el Maradona fantasma. Traía su eterno andar pachorriento. Emanaba un aura magnífica el tipo que contaba con algunos kilos de más y la barba candado de antaño. Su presente lo tenía colocando revestimientos con uno de sus seis hermanos.

Con un ampuloso gesto de aprobación, el Trinche hizo uso de la palabra: “Sabía que iba a aparecer algún atrevido como vos. Hace añares que espero una oferta como esta. Me resbalan los colores que pueda llevar la camiseta. Lo que quiero es jugar”, afirmó. Entonces fue tiempo de entregarle el video que habían grabado los cuatro amigos en las canchitas de papi. Se destornillaron a carcajadas, cervezas de por medio. Los intentos infructuosos del pastor Samudio por llevarse cuatro rivales en una baldosa tenían ribetes tragicómicos. No obstante, Carlovich no puso reproches para convertirse en el quinto elemento. 

Aún con el histórico sí en el bolsillo, el grupo estaba nervioso por las tratativas del cohete. Quico llamó a Miliani a Buenos Aires y Naranjita soltó las buenas nuevas, desatando casi un desastre en el locutorio. Juan pudo convencer hasta al presidente de Boca.  Con una espectacular recepción en los jugadores, dirigentes y fanáticos. Alabar al toque viajó a Buenos Aires y lo primero que hizo fue ir al Nuevo Gasómetro. Ahí se encontró con Carmani, que negociaba con el técnico de San Lorenzo acerca del logo que utilizarían del siguiente partido. “Porque hasta en la Luna brilla el Cuervo”, rezaría la camiseta. 

En la fecha que se disputó ese domingo, cada uno de los cuatro fue hasta cada estadio. Fueron entrevistados por todos los canales de televisión y las radios los nombraron hasta el hartazgo. En Estudiantes - Vélez, Ariel Samudio desplegó una pequeña bandera que decía: “Reivindiquemos a Carlovich, el potrero vivo”. Tanto impactó en La Plata que la Bruja Verón, que estaba presente en el estadio, le avisó a la Brujita en Manchester. Desde ese instante en Inglaterra y toda Europa se difundió la revancha de Carlovich. 

Asimismo, se prendió el conductor Mario Pergolini, jefe de la productora televisiva Cuatro Cabezas. El acuerdo final estipuló que la productora registraría cada una de las imágenes de la sorprendente emisión, si por fin se consumaba. Tanta adrenalínica rapidez precipitó a una marcha popular en Plaza de Mayo con pancartas y cánticos alusivos…para que el Presidente de la Nación gestionara la travesía de los cinco hombres a la Luna. En el alboroto se vendían remeras con los rostros de Emanuel, Juan, Ariel, Carlovich y Quico. Con el caminar de las horas se cotizaba más la de Alabar, ya que se había transformado en la figura más mediática. Sin embargo, las mujeres optaban por la de los carilindos Miliani y Carmani. Ojo que la del Trinche también salía como pan caliente entre los rosarinos que se habían apostado allí. 

A los diez días era una cuestión nacional. Se presionaba desde todos los frentes. Los políticos imploraban que se produzca porque así Argentina exorcizaba su mote de inoperante, se dispararon bastantes parodias teatrales, en la calle había ganado más espacio que la crisis económica y las actuaciones de la Selección Nacional. 

En fin, había nacido la "Luna manía". Inclusive a Calesita, el Pastor, Quico y Naranjita les arrojaron la alfombra roja para ingresar a la Rosada. SÍ, se reunieron con el mismísimo Presidente. Y el mandatario se comprometió a hablar con su par estadounidense. Pero ninguno de los cuatro le creyó. Cuando noviembre estaba en pañales el teléfono terminó de finiquitar lo impensado: de la presidencia confirmaron que el primer mandatario de Estados Unidos haría oficial el aviso al planeta esa noche en Washington. Un rato después, toda Latinoamérica comentaba la hazaña.  

Con el veredicto final del titular de la Casa Blanca se celebró una fiesta gigantesca por las avenidas principales de Buenos Aires. Parecía una consagración argentina en un mundial. Mientras los cinco se entrenaban con astronautas experimentados de la Nasa en el centro de capacitación. ¿Se imaginan a Tomas Carlovich con la indumentaria de cosmonavegante?, ¿A cuatro amigos de fierro, bien de barrio, aprendiendo las técnicas especiales para abordar una nave espacial?

Aunque los detalles marcharan bien, hubo un imponderable que arruinó las expectativas. La estación espacial Grospyk desapareció de órbita súbitamente. Por lo tanto, no había escenario físico para jugar. Las esperanzas se desvanecían, el desconsuelo reinaba, las postrimerías de aquella noche los descubrió en un silencio sepulcral. De repente en el momento que ingresaban a sus habitaciones asomó una estrella fugaz. La costumbre indica que los secretos jamás se develan, pero no hay dudas de que todos pidieron el mismo deseo. Y efectivamente se hizo la luz, las penumbras duraron un día. En el despertar del invierno de Estados Unidos, el 21 de diciembre, les avisaron a los argentinos que un oasis con círculo central, laterales delineados, arcos y redes impecables con césped en condiciones irreprochables se había originado milagrosamente en la luna. 

Inmediatamente los miembros de la Nasa programaron la partida del cohete para el 1 de enero. Furor en el aeropuerto de Ezeiza. Miles de futboleros remataron hasta lo que no tenían para presenciar el hito mas notable del deporte nacional, aunque renieguen los títulos mundiales del 78 y 86.

Cabo Cañaveral parecía la cancha de River en una Eliminatoria mundialista. Un fervor indescriptible decoraba la impaciencia de Emanuel Calesita Carmani, Ariel el Pastor Samudio, Tomás Felipe Trinche Carlovich, Juan Naranjita Miliani y Quico Alabar. Se dieron las hurras de ocasión y hacia el Cosmos se despidieron los cinco argentinos a copar la Luna para rendirle homenaje a la joya rosarina. ¿Quiénes fueron los rivales? Aquellos que desprestigiaron a Carlovich en sus 14 años de carrera futbolística. De atrás para adelante así formaban los inquisidores. Al arco iba el olvido, que dejó olvidado incluso su nombre; el desgano, que perdió en cada mano a mano con la perseverancia de Emiliani y Carmani; el escepticismo trató de volantear, pero su escasa fe fue vapuleada por el ímpetu de Alabar; la ingratitud se paseó casi como un cero a la izquierda y la vergüenza se mostró displicente todo el partido. 

Los albicelestes golearon 6 a 2. El verde césped se vistió de frac con la excepcional actuación de Carlovich. El mismo chueco que en sus espaldas lleva demasiada rebeldía para los apostolados dictatoriales. Esos que se encargan de blasfemar la picardía. Y la historia escribirá que Tomás Felipe Carlovich es de aquellos que le rinden culto diario al firulete. Sea en sus sueños, en los potreros o en la Luna. 


Sebastián Srur

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