• Gustavo Yarroch

Un Angel de leyenda

El periodista Miguel Angel Bertolotto conoció a Angel Labruna como pocos y lo evoca en este texto al cumplirse un nuevo año del Día Internacional del Hincha de River. El "Feo" nació el 28 de septiembre de 1918.


Por Miguel Angel Bertolotto *

Por una cuestión de edad, no lo vi jugar a Labruna. Pero, al margen de las historias que siempre me relataba mi viejo -un gran observador imparcial del fútbol-, siempre me atrajo la inconmensurable trayectoria de Angel como futbolista de excepción, como futbolista récord, como futbolista que dejó una huella para la eternidad. Sus dos décadas (1939-59) con banda roja sobre el pecho y pantalón corto construyeron números para el asombro: 541 partidos jugados -en el top three del club, sólo detrás de Reinaldo Merlo y Amadeo Carrizo-, 317 goles -máximo goleador del fútbol argentino-, 16 títulos -9 campeonatos locales, 4 copas nacionales y 3 copas internacionales- y 16 goles a Boca -marca insuperable en los Superclásicos-. El Labruna-jugador cimentó la leyenda que luego solidificó el Labruna-entrenador. Y al Labruna-técnico -que siguió alimentando su fama de empedernido ganador con seis títulos en River para llegar a 22 entre las dos facetas- sí lo conocí cara a cara, mano a mano, o como quiera llamárselo al trato casi cotidiano.

“Vuelvo a River para salir campeón”, resultó el rotundo pronóstico de Angel cuando asumió la dirección técnica de River por tercera vez, en el nacimiento de 1975. No había tenido éxito en las dos ocasiones anteriores (1963 y 1968-70) y sabía, íntimamente, que la que se iniciaba era la última oportunidad. La gloria o Devoto. La apuesta a todo o nada. Y el desafío gigantesco y tentador de quebrar la racha negra de 18 años sin vueltas olímpicas.


Labruna me llevaba una gran diferencia de edad: 35 años. En el momento en que regresó a River él tenía 56 y yo andaba por los 21, recién era mi cuarto año de trabajo en la Revista River y el primero en el diario Clarín. Sin embargo, esa cuestión generacional no pesó en la relación. Mi primer contacto a solas fue en un viaje a Mar del Plata -el plantel estaba desarrollando la pretemporada en Necochea-, tras un par de amistosos: un 6-0 a Vélez y un 2-2 con Olimpia de Paraguay. Me presenté, charlamos en el vestuario del viejo estadio General San Martín, me trazó un diagnóstico de cómo había visto al equipo y de qué esperaba de él. Tenía enormes esperanzas en que lo aguardaba una gran campaña. Aquel River de Labruna, al fin de cuentas, no sólo rompió el estigma de los 18 años: en ese glorioso 1975 se dio el gran gusto de ser bicampeón. Y el equipo del Metro, además de quedar en la historia por su fútbol audaz, desenfadado, tremendamente ofensivo, también lo hizo porque produjo una revolución popular incontenible: River reventaba las canchas y batía récords de recaudación fecha a fecha.

    

¿Cómo era Angel como técnico? Disponía de una virtud esencial: su ojo clínico para elegir a los jugadores. En el River campeón del 75 mezcló las dosis justas de experiencia -la que faltaba en los años anteriores- y de juventud para armar una estructura sólida. Utilizaba un lenguaje llano, un mensaje sin dobleces, no aburría a sus jugadores con charlas técnicas inacabables. Y era “jugadorista” a ultranza: defendía a los suyos contra viento y marea, y sabía escucharlos, no se le caían los anillos si alguno de los referentes opinaba sobre equis asunto táctico-estratégico. Por todas esas cualidades, sus jugadores lo quisieron y lo quieren tanto.


     ¿Cómo era Angel con la prensa? Sanguíneo, polémico, franco, discutidor, sencillo, irónico, cabeza dura. Si le caías bien, se entregaba entero. Si le generabas desconfianza, siempre te esperaba en guardia. Mi relación con él atravesó por diversos estados. Buenos momentos de afecto, de respeto, de cordialidad, de prolongados reportajes exclusivos en su casa de la calle Lidoro Quinteros (a cinco cuadras del Monumental), de viajes compartidos, de sobremesas interminables. Y también, como contrapartida, pasajes de broncas profundas, de insultos al aire -de su parte-, de darme vuelta la cara. El peor momento de nuestro vínculo ocurrió en octubre de 1978, cuando un River sin rumbo fue eliminado de la Copa Libertadores. Estuve en Belo Horizonte cubriendo un 0-1 con Atlético Mineiro y fui muy crítico con un equipo que había sido bailado y con un planteo de Labruna que había hecho agua por todos lados. De vuelta en Buenos Aires, otra durísima derrota: con Boca en el Monumental (0-2). Cuando ingresé en el vestuario, Angel me recibió a los gritos y trató de echarme. La conclusión: estuvo cuatro años sin hablarme. Lo curioso es que con su esposa, la entrañable Ana, y con su hijo Omar todo siguió por los carriles normales: con absoluta afabilidad.

    

En 1983, a través de un amigo en común, fumamos la pipa de la paz. Nos encontramos un viernes por la noche, en la confitería de un hotel de la calle Suipacha al 900 -Angel dirigía a Argentinos Juniors-, nos saludamos con cordialidad y mantuvimos una conversación de un par de horas. Enseguida se disculpó con palabras sentidas: “Después de perder con Boca yo estaba muy caliente y exploté con vos. Enseguida me arrepentí, pero no quería dar el brazo a torcer. Soy un viejo chinchudo, entendeme. Y encima vos venías a todos los entrenamientos, te veía todos los días y yo me volvía loco. Bueno, ya pasó… Ahora vas a tener que venir a ver a Argentinos, eh”… Sonrió y me guiñó un ojo. Nos despedimos con un abrazo y con la promesa de volver a vernos. Así lo hicimos tres o cuatro veces más. Hasta el fatídico 19 de septiembre de 1983, cuando la muerte lo sorprendió.

Angel Labruna fue un personaje irrepetible. El hijo del relojero don Angel y de doña Amalia. El que exhibía en la vidriera del negocio de su papá una foto que le había autografiado Bernabé Ferreyra, su ídolo, que decía: “Al crack en ciernes”. El fanático de River. El que se mofaba del rival de siempre (“Yo siempre viví de Boca”).

    

Muchos me preguntan si Marcelo Gallardo puede discutirle la condición de máximo ídolo del club. Con una mano en el corazón, y más allá de que comparar épocas es una misión prácticamente imposible, así como digo que el Muñeco es el mejor técnico de la historia de River, también digo que Labruna sigue siendo el  símbolo mayor. El mito.


* Autor del libro "Mientras viva tu bandera".







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