Sobre mí

Gustavo Yarroch

Marcelo Gallardo

Periodista.

D.T. Club Atlético River Plate.

Nací en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 22 de enero de 1973. Roberto, mi papá, comenzó a llevarme a ver partidos desde que empecé a caminar y a partir de entonces el fútbol se transformó en la gran pasión de mi vida. El vínculo con el deporte fue creciendo conforme pasaron los años, al punto que disfruto viendo tanto un partido de la Champions League o de la Superliga como de un picado entre amigos en los bosques de Palermo.

La génesis de esa pasión está en las modestas canchas de los equipos de la Liga de fútbol de Pergamino. Mi viejo nos llevaba todos los fines de semana a mi hermano Fernando y a mi a ver los partidos de Argentino de Pergamino, un club que siempre se caracterizó por el sentido de pertenencia de sus hinchas: los que íbamos a verlo éramos poquitos, pero íbamos siempre, como quien depende del presentismo para cobrar un sueldo digno. Si no íbamos a ver a Argentino, mi viejo por lo general elegía ir a ver el partido que le tocaba a Douglas, el emblema deportivo de la ciudad, un club al que aprendí a querer mucho con el paso de los años. Y si era una fecha con algún partido excluyente que no involucraba ni a Argentino ni a Douglas, hacia allá íbamos. Por caso, a un Juventud-Provincial, a un Racing-Trafico’s Old Boys, a un Compañía-Juventud Obrera de Manuel Ocampo, un pueblo cercano.

El ritual incluía una costumbre: ir caminando a todas las canchas, un ejercicio que mi viejo aprovechaba un poco para no desatender los consejos del médico de hacer actividades aeróbicas y otro para que los tres fuéramos charlando juntos las diez, veinte o cuarenta cuadras que demandara el recorrido. Casi siempre llevábamos una radio para escuchar los encuentros del campeonato argentino, los “partidos de Buenos Aires” para los que viven en un pago chico, y recuerdo que me agradaba cuando algún hincha se me acercaba para preguntarme cómo iba River, quién hizo el gol de Boca o si ya habían confirmado la formación de Independiente. Quien iba a la cancha con una radio pasaba a ser un personaje central de la tarde, la obligada usina informativa para la gran mayoría que no contaba con ella porque los teléfonos celulares y las redes sociales ni siquiera estaban en pañales.

A mi viejo le gustaba ver los partidos pegado al alambrado, aferrado a él con las dos manos, de manera que eran excepcionales las veces en que nos sentábamos en las tribunas. Una tarde, en la cancha de Provincial, mi viejo no la pasó bien. Había ido con nosotros mi primo Alejandro, amante del automovilismo e hincha de Independiente pero poco interesado por el fútbol. Nos sentamos cerca de donde estaba la barra de Douglas, en el corazón de la popular que puede verse desde la ruta 8 cuando uno llega a Pergamino. La memoria suele jugarme malas pasadas, pero creo que era un partido ante Rivadavia de Lincoln por los viejos Regionales, esos que ponían en juego uno o dos ascensos a la actual Primera B Nacional, el Nacional B de entonces. El quid de la historia es otro: en un momento, la barra de Douglas se puso a hacer un “pogo”, algo así como el actual “se mueve para acá, se mueve para allá” que se escucha en las tribunas argentinas, y uno de los hinchas se cayó encima de mi primo, que terminó dolorido, llorando y anunciando que nunca más volvería a una cancha. Dudo que haya vuelto a ir a una desde entonces, y eso que pasaron más de 30 años.

A mí, en cambio, jamás se me cruzó por la cabeza dejar de concurrir a ver fútbol ni siquiera después de aquella otra tarde de frío antártico en la cancha de Douglas en la que fuimos testigos de una atrocidad: la barra del “Milan de Pergamino” atacó a cadenazos –sí, a cadenazos, un horror- a la de Racing, vecino barrial. Vi gente herida y mucha sangre, y recuerdo que esas imágenes me causaron un impacto grande, pero no suficiente como para que tomara la decisión de no ir más a una cancha.

En esos domingos de sol, de frío o de lluvia, el fútbol se me fue metiendo en las venas y comenzó a atravesar mi vida. Disfrutaba viendo los partidos con mi viejo, con mi hermano y también con Silvio, mi padrino, quien probablemente ostente el récord de presencias en los partidos que jugó Argentino a lo largo de su historia. Pero si mi tío era una suerte de mobiliario de la entrañable cancha de Argentino, con mi viejo y mi hermano éramos tres de los más fieles seguidores del equipo.

Aquellas tardes de domingo forman parte de los recuerdos más agradables de mi infancia y de alguna manera forjaron mi presente de periodista hoy dedicado casi exclusivamente a las coberturas de fútbol. Lejos de detenerse allí, esa pasión abarca un aspecto que todavía no me animé a explorar, especialmente por falta de tiempo o de ingenio para hacérmelo: me seduce la posibilidad de hacer el curso de director técnico. Me gusta mucho analizar los partidos, ahondar sobre las cuestiones tácticas, y celebro cada vez que aprendo algo más sobre el juego al escuchar a algún entrenador, al leer libros o artículos periodísticos, o al ver por televisión a directores técnicos o a periodistas que profundizan al respecto.

Mis primeros comentarios de partidos fueron en el diario El Tiempo, de Pergamino. En la década de los '90 comencé a trabajar como corresponsal en Buenos Aires del diario La Capital, de Rosario, y cubrí decenas de encuentros protagonizados por Newell's, Rosario Central, Tiro Federal, Central Córdoba y Argentino de esa ciudad, recorriendo todas las canchas de la Capital Federal y del conurbano bonaerense en Primera División y en las diferentes categorías del Ascenso. Paralelamente ingresé a la ya disuelta agencia de noticias DyN (Diarios y Noticias), para la que cubrí cientos de partidos a nivel nacional e internacional. También pasé por los diarios Clarín y La Nación, en los que trabajé en la sección Deportes. Y ahora me toca cubrir para radio La Red y el canal ESPN el día a día de River y de la Selección Argentina. También soy colaborador permanente del portal Infobae, el más leído del continente.  

Tuve el privilegio de cubrir los Mundiales de Alemania 2006 y Rusia 2018, así como el Mundial de Clubes de Japón 2015, el Mundial Sub-17 en Egipto 1997, finales de la Copa Libertadores y de la Copa Sudamericana, distintas ediciones de la Copa América y amistosos de la Selección Argentina por todo el mundo: Roma, Tokio, Melbourne, Moscú, Houston y Río de Janeiro, entre otras ciudades de los distintos continentes.    

Escribí dos libros. Uno es de ficción: "Jueguen por abajo", con once cuentos futboleros editados en 2006 por Ediciones Al Arco. Y el otro se llama "Fútbol XXI" (2019, Libro Fútbol), y cuenta con 60 textos exprés sobre el fútbol actual: el juego propiamente dicho, táctica, entrenadores, futbolistas y la periferia de la pelota abarcan la temática.   

Al margen de mi currículum, considero que el fútbol es el deporte más fértil para los debates y las polémicas, escenario casi ideal para el blanco o el negro, ese yin y yang que tanto nos gusta a los argentinos. En ese sentido, siempre voy a estar de un lado. Del lado de los que creen que jugar respetando la pelota y pensando en el arco rival no solo es el camino más adecuado para tratar de ganar, sino también el que más vale la pena y el más agradable para los ojos.

Gustavo Yarroch

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